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Guerras permanentes; días sin amistad,
Orillas repletas de cadáveres,
Sin remanso; sin serenidad.
No hay amigos; no hay parientes,
Simplemente, unos crédulos insensatos,
Al servicio de lejanos intereses.
Ríos ensangrentados; vaciados de vitalidad,
De vidas ajenas, sin pena; en soledad,
Dolientes descreídos, de vecinos y de la sociedad.
Combatientes que, en caminos mugrientos, perecieron,
Se fueron y no regresarán,
Sucumbieron en nombre de una supuesta veracidad.
Nada es como dicen que, realmente, es,
Morir por morir es un sinsentido,
Un magnífico despropósito; una perfecta necedad.
La barbarie de la guerra es certificado de deshumanización,
Un millón de años dándonos estacazos,
Y como el día antes…, antes de empezar.
Pulcros diplomas de la estupidez humana,
No es necesario razonar; no piden disentir,
No se gratifica la inteligencia; se premia la brutalidad.
Campos de batalla, repletos de estafados difuntos,
¡Cayeron pegando tiros, y sin saber la verdad!
Una certeza (posiblemente) dañina, pero veraz.
Tontos serviles, víctimas de la postverdad,
Mártires de sus propios asesinos,
¡Eso sí: despedidos con solemnidad!
¿Qué les dijeron y qué había de sinceridad?
Mandamases falsarios, coces penitentes les tendrían que dar,
¡Todos los días del resto de sus corruptas vidas, y sin descansar!
¡Miserables amos, verdugos de sus pueblos!
Locuaces saltimbanquis de la falsedad,
¡Unos inútiles, en realidad!
Me repugnan los pensamientos turbios,
Fabulosas luces de neón nos venden de noche y de día,
De colores y de formas distintas.
Lugares aciagos, jornadas sin luz,
Las mentes (mal) pensantes, mentan al miedo…,
Un canguelo obsceno y pueril.
Inventos de historias falaces,
Nos engañan, nos embrutecen,
Nos maltratan y… ¡sin reacción!
¡Distópico mundo, convulso en una hoguera voraz!
¡Inmolados en vida, en una civilización en descomposición!
¡Tiempos guerreros; tiempos sin paz!
Nada brilla más que la Luz de nuestra presencia
Santiago Peña
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