martes, 6 de enero de 2026

ESPÍRITU Y VACIO

 

*     *     *


Sustancias decadentes; esencias sublimes,

Naturaleza esbelta; serafines celestes,

Auroras cíclicas; noches invariables.

 

Astros vacilantes en esfuerzos clandestinos,

La imposible nada reclama su presencia,

Átomos insistentes, hijos de un espacio sin contenido.

 

El lucero del alba se reserva prudentemente,

Soles temerosos no alumbran difuntos,

La perennidad no se hace vigente.

 

Tiempos confusos, cabalgando en alazanes herejes.

Pastos yermos, alimentando materia sombría.

Cuerpos aparentes, desvaneciéndose en formas inconsistentes.

 

Material extinto, en un mundo inhóspito,

Lugar de elemento desaparecido, se halla limpio,

Hálito primordial, no ocupa espacio ni tiempo.

 

El “Velo de Isis” continúa en su sitio,

Pasado, presente y futuro, todo uno,

Inmortalidad del alma, sabiduría divina.

 

Un soplo sereno ocupando la totalidad,

Lo eterno es la ausencia de materia, espacio y tiempo.

Todo, es el uno y, como la eternidad, el infinito.

 

Nada por encontrar y todo por perder,

Héroes de hierática belleza; patriarcas de la persistencia,

Pastores de rebaños extraviados, buscando al último.

 

Pasajes de una ilusoria felicidad y de un naufragio sin disimulo,

La materia nada aporta al espíritu,

Vano y más vano… y ¡nada más!

 

Espacio, en cuerpo difuso; existencia árida,

Cultivos de un pasado yermo; cosechas improductivas,

Alientos en lucha verídica, impregnados de una victoria segura.

 

Dioses del Olimpo, resurgiendo de una fe renacida,

Arcanos milenarios, seduciendo al conjunto,

La totalidad del universo en un imperceptible punto.

 

Todo comienzo tiene su fin,

La finalidad del todo converge en la unidad,

Vacíos inconmensurables; espíritu del universo, uno.

 

Cuanto más me vacío, más lleno me siento,

Principio generador, harmonía de la creación,

Espíritu y Vacío.


Nada brilla más que la Luz de nuestra presencia

 

 Santiago Peña

 

*     *     *

 

domingo, 4 de enero de 2026

PEREGRINOS DE SÍ MISMOS

 

 *     *     *

 

Luz, Luz maternal,

Dadora de vida y de harmonía,

Proyectándose en recovecos de divinidad.

 

Pueblos a oscuras; en pubertad,

Meandros de diminutos átomos de luminosidad,

Velas mortecinas no alumbran existencias a la deriva.

 

Senderos sinuosos; cubiertos de encinas,

El polvo del camino entorpece fortunas,

Viajeros ambiguos desvían sus tintineantes rutas.

 

Caminantes petulantes no encuentran avenidas,

Vueltas a ningún sitio; en alfombra de mijo,

Nieve y ventisca esperan con gran regocijo.

 

Tierras baldías, transitadas por púberes de pensamientos vacíos,

Consumistas recalcitrantes; transitando en una inmadurez permanente,

No es cuestión de edad: jóvenes y veteranos, por igual.

 

La diaria vida no son autopistas, ni AVES a ninguna parte,

Cantimploras y botas robustas, son necesarias,

Océanos de incomprensión nos rodean, en una oposición distante.

 

Fatiga y sufrimiento; esfuerzo y humildad,

La realidad de la presencia humana es dura,

Calzadas abandonadas; cuestas empinadas y difusas.

 

Rutas comunales, no siempre son recomendables,

Sinos entrecruzados pero con desenlaces diferentes,

Final de senderos de destinos únicos.

 

Las arribadas no son compartidas,

Cada llegada es impar y distintiva,   

¡Ah, pero, sigue en espera El Camino!

 

Santiago, el Apóstol, aguarda expectante,

Recibiendo en franca fraternidad,

Pero, ¿se ha llegado, ciertamente?

 

Se sigue en el trance del material desconcierto,

Encuentros en el desierto; continua el bullicio,

La plaza se llenó y (casi) todos… ¡permanecen en soledad!

 

Tras un tiempo indeterminado la confusión parece extinguirse,

Nubes obstructivas del entendimiento se desvanecen,

En la distancia algo emerge, parece una fugaz ráfaga de luz intermitente.

 

¿Qué puede significar?

Toda ella concibiendo un palpitante albor,

Perentorio seguimiento de una sombra tenaz.

 

¡Silueta renacida, y en persecución!

Encuentro, en el reencuentro, de un mismo Yo,

Nítido, sin mácula; sin igual.

 

¡No busquemos, y busquémonos!

¡Peregrinos de sí mismos!

¡Qué radiante verdad!


 

Nada brilla más que la Luz de nuestra presencia

 

 

Santiago Peña

 

*     *     *